5-03-04
Cuando el agua ya no es del grifo
Pascual Serrano
Recientemente los medios de comunicación han dado extensa difusión al escándalo de la
venta en el Reino Unido de agua embotellada por Coca Cola procedente del grifo.
Bajo la marca comercial Dasani, y al precio de 14
euros el medio litro, se presentaba como agua natural pura un agua que la
británica Thames Water distribuía por 0004 euros.
La noticia no tiene nada de especial porque es sólo la punta de iceberg del enorme
negocio del agua embotellada. Básicamente esta aguas son de tres tipos: mineral, de
manantial o agua tratada, ésta último denominada comercialmente agua pura,
el caso de la distribuida por Coca Cola en el Reino Unido. El agua pura es muy
frecuente en países empobrecidos donde no existen suficientes garantías en el agua
corriente o simplemente no la hay. Ante esa situación algunas empresas depuran química y
bacteriológicamente el agua y la venden. Evidentemente se trata de una alternativa,
digamos tercermundista, en la medida en que evidencia que no existe una adecuada
administración que asuma la distribución de agua para el consumo humano en las
viviendas.
En nuestros países, la opción es recurrir a las denominadas aguas minerales procedentes
de determinados manantiales en los que se suponen especiales valores minerales que les
aportan presuntas cualidades sanitarias (diuréticas, hepáticas, etc...). El supuesto
valor añadido de tratarse de agua mineral es intrascendente para grandes regiones
españoles donde el agua corriente del grifo también procede de acuíferos. No así en
determinadas zonas costeras o insulares donde se debe recurrir a la desalinizadoras. Sin
embargo, la cada vez más agresiva introducción de las agua embotelladas en los mercados
está provocando el desarrollo de un fabuloso negocio, cada vez más, controlado por
multinacionales como Nestlé o Coca Cola. Hoy, en España, se consumen una media de 100
litros de agua embotellada por persona y año, cinco veces más que hace una década. El
negocio mueve 800 millones de euros anuales. Y cada vez se está creando en torno a él,
la habitual y estúpida mercadotecnia gourmet con catadores, bibliografía, catálogos y
tiendas especializadas. Pero el problema es que esa fiebre está provocando el
desentendimiento de las administraciones en su obligación de proporcionar las
infraestructuras adecuadas para hacer llegar a todos los ciudadanos agua potable adecuada.
Así, parámetros como los nitritos, magnesios, calcio o de otro tipo, se están relajando
en su control por parte de las autoridades hasta el punto de que no se están aplicando
las reglamentaciones europeas. España todavía no ha traspuesto a su legislación la
Directiva Marco del Agua y las Confederaciones se están dedicando a improvisar
metodologías y parámetros de referencia. Por otro lado, el RD 140/2003 de 7 de febrero
por el que se establecen los criterios sanitarios de la calidad de consumo humano,
modifica sustancialmente los parámetros analíticos a considerar y algunos de ellos no
son determinados habitualmente por los laboratorios de control. En definitiva,
se promulgan leyes pero no se incluye financiación para su cumplimiento.
Mientras eso sucede, está disminuyendo el nivel de exigencia por los ciudadanos en la
medida en la que la población está empezando a asumir que el agua para beber debe ser
embotellada y no del grifo.
De este modo, las autoridades no están siendo suficientemente estrictas en la vigilancia
de nitritos o nitratos, en su mayoría procedentes de abonos ni en la mejora de otras
características que se podrían resolver simplemente perfeccionando los puntos de
búsqueda o cuidando los acuíferos.
El resultado es, sin ninguna duda, una disminución en nuestra calidad de vida a costa de
un espléndido negocio para multinacionales puesto que estamos pasando de abrir un grifo y
pagar una cantidad irrisoria por beber agua, a comprar una botella en el mercado y pagar
un precio, en algunos casos, superior al combustible procedente del Golfo Pérsico cuando
se trata sólo de agua traída de Cuenca.
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