Una alternativa de comunicación desde la izquierda15-01-98 Una alternativa de comunicación desde la izquierda Pascual Serrano Ante esto la izquierda sólo responde con la depresión y la resignación o, en el mejor de los casos, con una indignación igualmente paralizante. No se trata de no reconocer la difícil situación, pero sí de buscar en la imaginación, en las nuevas ideas y en el potencial humano que siempre han tenido los pueblos, formas para salir del bloqueo e ir provocando vías de agua al buque -acorazado si se quiere- del poder informativo. Desde las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX la información y los medios utilizados por la izquierda organizada se estructuraban en torno a contenidos interpretativos y de opinión donde lo que se le facilitaba a la militancia y a la sociedad en general eran elementos de argumentación necesarios para convencer de unas determinadas tesis. El poder conservador reaccionaba del único modo que sabía: la represión, la prohibición o la censura. Ahora el escenario es diferente. El poder, eliminada la opción represora, recurre al espectáculo, la frivolidad, la evasión, la explotación de las más bajas emociones o el más mediocre sentimentalismo para enfrentarse al tradicional discurso reflexivo de la izquierda en la lucha por la atención de los ciudadanos. Una vez "educado" al individuo en el nuevo modelo "informativo", el debate, la reflexión, la cultura crítica e imaginativa que conformó el modelo comunicativo de la izquierda pasa a convertirse en un discurso sesudo, denso hasta lo indigerible. En una palabra, aburrido. Habrán conseguido formar la mentalidad sumisa, idiotizada y fascinada -alienada según la terminología marxista- por el espectáculo de la boda de una infanta, el concurso ridículo o la telenovela lacrimógena. En cuanto a la información de actualidad, el panorama no es más halagüeño. Los acontecimientos ligados a las movilizaciones, reivindicaciones o denuncias dejarán paso a las informaciones oficiales, mejor presentadas, en cómodas ruedas de prensa, con todo tipo de recursos informativos y facilidades para los periodistas y, sobre todo, emitidas por actores sociales con mucho más poder (probablemente accionistas o anunciantes) que los grupos sociales reivindicativos. Los conflictos o tragedias se convertirán en espectáculos donde no se analizan las causas, las circunstancias ni los responsables. Incluso el aparente debate mediático será una pantomima donde lo único confrontado es lo accesorio y nunca los fundamentos del sistema por mucho que éste sea injusto, desigual, depredador medioambiental o corrupto. Pero nada de todo esto tiene que provocarnos la parálisis a quienes no renunciamos a cambiar el estado de las cosas. Cada vez más, los ciudadanos europeos están perdiendo esa confianza ciega que tuvieron en la letra impresa desde Gutemberg. Acontecimientos mundiales de clamorosa manipulación como la Guerra del Golfo, la "democratización" de Rusia con bombardeo parlamentario incluido, la masacre en la embajada japonesa en Lima, las operaciones "humanitarias" en Somalia o Albania o las coberturas informativas de las huelgas generales en algunos países, han hecho perder esa credibilidad, antaño incondicional, de los medios de comunicación. En cuanto a la televisión, la pobredumbre generalizada de sus contenidos es ya perceptible hasta por los sectores sociales más culturalmente modestos. Sin embargo, la izquierda continúa todavía sin reaccionar ni buscar una estrategia alternativa. Si bien la calidad de las publicaciones de análisis y opinión es alta, no ha logrado ocupar el espacio necesario en la información escrita, las radios libres han sido ignoradas y despreciadas por la izquierda tradicional y, en cuanto a la televisión, ni se ha soñado con incidir seriamente. Y todo ello en una situación en la que el acceso a una información alternativa y diferente nunca fue fácil. Hoy, y eso sí que es un progreso, las sociedades cuentan con multitud de movimientos sociales que están logrando recoger y elaborar una valiosa información contestataria que va desde las denuncias ecológicas donde quiera que se produzcan a las de derechos humanos procedentes de cualquier lugar del mundo, pasando por las movilizaciones sindicales, políticas, étnicas. Se trata de toda otra agenda informativa que en nada se parece a la oficial pero que se transmite con extraordinaria rapidez y rigor y que no tiene lugar, ni el sistema permitirá que lo tenga, en la agenda informativa oficial. Son informaciones, noticias, datos, hechos que asociaciones de derechos humanos, ONGs y movimientos obreros y ecologistas y grupos de oposición están recogiendo con gran eficacia informativa pero que nunca llegan más allá de sus socios o simpatizantes. El reto de que esa información salte ese abismo entre el socio militante y la población general es a lo que se enfrentan las organizaciones políticas de izquierda. No se trata tanto de buscar la información sino de organizar, elaborar y distribuir el soporte para ella. Obviamente se requiere una gran dosis de generosidad. Se trata de difundir una información en la que el difusor ni es el actor -no existe una aparente rentabilidad política-, ni obtendrá beneficios económicos -no será en principio objetivo de interés para la publicidad- y, en cambio, requerirá un gran esfuerzo humano y económico. Las organizaciones políticas que, de verdad, quieran ser alternativas habrán de saber que será de ese modo y no mediante millonarios gastos electorales, panfletos trasnochados y boletines mediocres aunque bien intencionados, como se irá avanzando hacia otro modelo de información y comunicación social. Se trata de terminar con dos vicios adquiridos y que ya se han demostrado inútiles: uno, participar del sistema inyectando dinero electoral a los mismos medios a los que se critica y otro, entender los medios de comunicación propios como meros altavoces de las propuestas de la organización, de sus siglas, su vida interna y el protagonismo de sus líderes.
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