15-4-99
50
Aniversario de la OTAN
El policía no es la solución
Pascual Serrano
Este fin de semana se celebra la Cumbre de Washington que conmemora es un
decir- los 50 años de la creación de la OTAN. Esta efeméride, se supone, ha
de servir para que los allí autoconvocados se replanteen su papel en el orden
internacional, su estructura y su probable ampliación. Probablemente uno de las
cuestiones prioritarias sea la estrategia de intervención de la organización
armada más poderosa del mundo en los países o regiones que, a su entender,
requieran la actuación militar de las tropas de la OTAN. Intervenciones todas
ellas presentadas a la comunidad internacional bajo el calificativo de
mantenimiento de paz o misiones humanitarias. En realidad el
vocabulario de la OTAN a muchos nos dejó de resultar creíble cuando nos
enteramos que setenta civiles muertos por un misil son un daño colateral.
La Cumbre
de la OTAN servirá para discutir sobre algo que, en realidad, ya se ha llevado
a la práctica en Yugoslavia: la legitimidad o no para que este bloque
intervenga militarmente bajo el paraguas de necesidades humanitarias que ellos
mismos previamente han evaluado y cuantificado. Hace pocos días, en una reunión
de diferentes colectivos sociales de Albacete, pude escuchar bienintencionados
comentarios sobre ese fascinante debate entre la contradicción que tantas veces
se presenta entre el derecho internacional y las razones humanitarias. Incluso
se puso el ejemplo del juicio a Pinochet como éxito de intervención
humanitaria necesaria para evitar la impunidad del dictador. El debate no es
otro que el de preguntarnos la necesidad y legitimidad de la intervención de la
comunidad internacional en los casos de violación masiva de los derechos
humanos en algunos países. Esa es la justificación de la OTAN para adscribirse
el derecho de actuar militarmente y ese es el argumento por el cual muchos
ciudadanos consideran oportunas esas intervenciones.
Este análisis
requiere muchas otras reflexiones. Para empezar, desmentir algunas de las
premisas que se suelen exponer. La OTAN no es la comunidad internacional, es un
bloque militar. Tampoco, como suelen afirmar los defensores de las
intervenciones, la OTAN es el órgano representativo de los países
libres, a ella pertenecen países como Turquía con un oscuro historial de
violaciones de derechos humanos, y a ella no pertenecen algunos países europeos
como Suecia o Suiza. Por otro lado, por razones geográficas son ignorados países
desarrollados como Japón o Australia y regiones enteras como América Latina o
Asia. La OTAN es un bloque militar creado en 1949 por diez frente a la hipotética
amenaza soviética. Hoy, ante la ausencia de esa amenaza, no es otra cosa que la
estructura militar coordinada bajo un mando común de los diecinueve países que
la componen. Con funciones y métodos de actuación evidentemente militares, ni
políticos ni diplomáticos.
Aceptar la
intervención de la OTAN como método de restauración de los derechos humanos
en una región o país fuera de las fronteras de los países que la integran,
tal y como pretende consolidar la Cumbre de Washington y ya se ha hecho en
Yugoslavia, supone asumir muchas cuestiones, al menos discutibles. En primer
lugar, ignorar el derecho, las leyes internacionales y, por tanto, las
instituciones internacionales como método de convivencia entre los pueblos. La
OTAN, como se ha visto en Yugoslavia, decide cuál es la actuación necesaria.
Si el Consejo de Seguridad de la ONU no garantiza su acuerdo con la decisión de
la OTAN, se le critica apelando a su falta de democracia. Como si el mando
militar de la OTAN fuera más democrático. ¿Quién decide qué situación es
injusta como para intervenir?, ¿qué grado de injusticia o violación de
derechos humanos se requiere?, ¿cómo se decide quién es un dictador que
oprime o su pueblo y quién no?, ¿cómo se consulta a los ciudadanos de los países
del bloque?; ¿cómo se conoce la opinión ante la intervención que tiene la
población objeto del salvamento?. En las dos últimas ocasiones que el bloque
multinacional ha intervenido contra dos gobernantes considerados como dictadores
Sadam Hussein y Milosevic-, no solamente no ha logrado derrocarlos sino que
han provocado una mayor adhesión de la población al régimen. Algo, por otro
lado, lógico puesto que la intervención militar en nombre de una salvación
externa lo único que les traía era humillación y bombas.
Los que
aceptan la legitimidad de las intervenciones de la OTAN están asumiendo, además,
la competencia del bloque militar para decidir dónde hay violaciones de
derechos humanos que necesitan su actuación, qué pueblos merecen ser
salvados, quiénes son los responsables de esas violaciones. Y, por supuesto,
con un solo método de actuación: la violencia. No olvidemos que estamos
hablando de una organización militar. Se está organizando una sociedad la
internacional- mediante la subordinación al policía, no al derecho, ni al
legislador, ni al juez. Los ciudadanos que aceptan la intervención de la OTAN
están renunciando a un derecho internacional, a un órgano supranacional que lo
regule y a un tribunal internacional para darle todas las competencias al policía,
en un ingenuo intento de atajar en el camino hacia la consecución de la paz y
la justicia. Tenemos muchos ejemplos de cómo les ha ido a muchos países cuando
ha aparecido un militar dispuesto a salvar el país sorteando el derecho para
poder llegar antes a la justicia y el orden.
A todas
esas personas que, desesperadas, se consideran impotentes ante las masacres,
violaciones sistemática de derechos humanos, limpiezas étnicas, explotación e
injusticia que existe en el mundo quiero decirles que la solución no la va a
traer ningún Superman justiciero a mamporro limpio, véase OTAN. Las vías de
solución a todos esos problemas han de venir, además de otros muchos
elementos, del control y reducción de la venta de armas, la creación de unas
relaciones de producción y comercio norte-sur más justas, un mayor control de
los ciudadanos en las decisiones de sus gobiernos, la creación de un Tribunal
Internacional y el desarrollo de unas Naciones Unidas verdaderamente democráticas
y representativas de la comunidad internacional. Ya sabemos que eso no es fácil
ni se va a conseguir en un plazo corto de tiempo, pero no podemos atajar dándole
la batuta y el garrote- a quien tiene cómo único mérito ser el más fuerte
del barrio. Quizás algún día decida que su enemigo somos nosotros.
VOLVER a portada